7 de mayo de 2006

tran tren trin-vía

 ¡Uf!, exclamó el último de la fila, inmediatamente  las nucas aterciopeladas de sus imberbes camaradas le lanzan una mirada de refilón al flaco de atrás. Abandona con precaución el escuadrón para ubicarse delante de todos y comienza a desprenderse de su mochila oliva, se desabotona con parsimonia de joyero cada broche de la indumentaria mimetizada, se saca las infernales botas y de paso se despide de la tercera ampolla que amenazante se gestaba en la planta de su pie. Durante la operación, casi rayando en lo ceremonioso, piensa que ya no las puede usar en la obra de teatro, ni  puede revender la ropa a sus amigos porque ya está manchada con sangre seca y grasa, no, ya no la puede usar más porque la quemaron. Al sacarse la bota izquierda se percata del agujero en la zuela del tamaño de un autito de juguete. Llega a la camiseta blanca, ahora empapada en sudor frío e inodoro,  levemente coloreado con tonos sanguinolentos, levemente, tan solo una pizca, con lo cual le viene de golpe el recuerdo de las recetas de cocina que su tía favorita le exigía se las leyese bien fuerte para que su, hasta entonces,  hilito de voz superara el ruido de la válvula montada sobre la olla a presión que giraba incansablemente al medio día cociendo el guiso, mientras la regordeta mujer le gritaba "¿¡cuánta sal!?... ¡una pizca!".

¿Y el casco?. Le preguntan serios. Lo ató mal. "Lo perdí". Se palpa con especial cuidado la nuca y descubre una pequeña depresión en su cráneo.  Ya con los pantalones por las rodillas observa las miradas de desagrado en sus compañeros, cómo todos al unísono se concentran en ambas extremidades huesudas y lampiñas; desconcertado y casi acomplejado se las mira y con el mismo desprecio casi compasivo se las soba para comprobar que aún se mueven y que detrás de esa piel quemada y estropeada existieron otras que jugaban a la pelota o que andaban en bici con los cabros del barrio. Ya desnudo levanta la vista hacia el frente y se comprueba solo, abandonado, excluido, relegado en medio de la loza a la soledad. Finalmente y como un acto reflejo, desliza sus delgados dedos sobre su corazón para certificar la última imagen desplegada antes de morir: su madre.

 

inkazara

No hay comentarios.: